PARTE 5: MANADA DE LOBATOS

PARTE 5: ESCAPANDO DEL DEWANEE

En el capítulo anterior: Del otro lado de la selva, el caos no estaba en los animales, Hermano Gris y Oonai habían encontrado la flor roja, pero… Era un hecho, el Dewanee había llegado también a la aldea del hombre.

Hermano Gris y Oonai, los lobos que habían ido a averiguar quién había desatado el Dewanee e intentaban arreglarlo, estaban en problemas; un hombre le prendió fuego al techo de la choza en la que se encontraban agazapados. La noche era oscura y la flor roja se intensificaba cada vez más y el calor y el humo hacían que los lobos perdieran energía.

–¡Ahí están! –gritó Ko, el cuervo, que se había unido a la búsqueda de los lobos, mientras sobrevolaba la aldea del hombre, con el cielo estrellado a sus espaldas.

–Necesitamos descender –añadió Chil, el milano– Si no bajamos ahora, perderemos a nuestros amigos.

–¡No vamos a poder solos, necesitamos ayuda! –dijo Rann, el primo de Chil, asustado y comenzó a descender del cielo. Chil bajó veloz y con un aleteo brusco detuvo a Rann.

–Necesitamos ir por Hathi, el jefe de los elefantes, él sabrá qué debemos hacer, además puede traer a su manada –sugirió Chil. Ko y Rann asintieron al unísono con un graznido y emprendieron el vuelo de regreso al Seeonee. Mientras tanto, Chil intentaba distraer a lo humanos para que Hermano Gris y Oonai pudieran saltar al sendero de atrás de la cabaña, pero eso no fue necesario.

–¡Quemen a esos los lobos, antes de que sea demasiado tarde! –gritó una anciana y todos al mismo tiempo vociferaban con el puño levantado, pues creían que ellos eran parte de la maldición. Al instante, una señora, la sabia de la selva, comenzó a quedarse sin aire, gritó a su esposo carraspeando y cayó al piso. Todos los aldeanos quedaron sorprendidos.

–¡Corran! –gritó Chil desde las alturas–detrás de la choza está despejado, huyan hasta la selva. Hermano Gris dio un salto enorme y logró bajar de la choza, pero en ese momento, perdió de vista a Oonai. Asustado, empezó a buscarlo, mirando a todos lados.

–¡Oonai! ¿Dónde estás? –se preguntaba alarmado el hermano de Mowgli, pero su amigo no respondía…

En la selva, la llegada del Dewanee provocó que los alimentos y el agua escasearan. Con todos y todas dentro de sus cubiles, no había quién pudiera colectar semillas y frutos y, cazar, era imposible. El agua del río, ya contaminada, corría cada vez con más lentitud, los animales que quedaban sanos tenían miedo de contraer el Dewanee por beber del Waingunga. Hathi, parado a un lado de la Peña de la Paz, pensaba cómo podría ayudar a todos los hijos de Seeonee.

En la aldea del hombre no cuidaban sus recursos, pues creían que siempre tendrían lo suficiente y no tendrían que sufrir por falta de agua, combustible o comida.  En la selva del Seeonee ocurría algo similar, los animales no solían aprovechar sus recursos, y constantemente los desperdiciaban.

–Es momento de reunirnos en la Peña de la Paz –dijo Hathi, con un semblante más serio de lo normal–, necesitamos organizarnos para encontrar una solución a todo lo que está ocurriendo. En toda mi vida habitando esta selva, jamás había visto algo similar, pero lo que si he vivido es la escasez de agua y de comida, nada que el Seeonee unido no pueda solucionar –recalcó.

Unas rocas delante de la peña, revoloteaban Mor y Mao, los pavorreales. Como es bien sabido, a ellos les gustaba vanagloriarse de su belleza y su gracia natural, pero esta vez andaban con miedo y hasta sus plumas que normalmente resplandecían con la luz, se veían opacas.

–Mao, Mor… Vayan a juntar a todos los animales de la selva y tráiganlos aquí –les pidió Hathi.

–Así lo haremos, gran elefante, anunciaremos esta reunión como cuando… –Mor completó la frase de Mao– …anunciamos la primavera–. Y los dos pavorreales volando y saltando entre los árboles.

–Creo que debemos hacer algo por nuestro pueblo, por nuestra manada –dijo Papá Lobo acercándose al elefante.

–¿Qué tienes en mente, Papá Lobo? –preguntó Hathi.

–Verás, todos los días, nos da luz hasta que llega la Luna, nos da calor con solo sentirlo sobre nuestro pelaje y, además, es más grande que cualquier cosa que haya en el Seeonee…

–¿A que te refieres? –interpeló el elefante.

–¡Al sol! ¡Te hablo del Sol! –dijo Papá Lobo a Hathi y éste recordó cómo los antiguos hombres usaban los campos aledaños a las Moradas Frías para sembrar y así conseguir alimento.

–¡Es verdad! Debemos visitar los viejos sembradíos del hombre –dijo Hathi, pensando en una alternativa para alimentar a los animales de la selva.

De pronto, del cielo descendieron chillando y graznando Rann y Ko.

–¡Oonai y Hermano Gris necesitan nuestra ayuda, Hathi, están atrapados en Khanhiwara! –Hathi y Papá Lobo quedaron estupefactos, mientras el cuervo y el milano seguían revoloteando sobre sus cabezas.

–¡Iré a rescatar a mi hijo y a su amigo! –anunció Papá Lobo, visiblemente agobiado.

–Quédate con los tuyos, Papá Lobo, yo me encargo –lo contuvo Hathi–, además, supe que Raksha recién tuvo una nueva camada, te necesita. Será mejor que permanezcas cerca de tu cubil y organices a los animales del Seeonee junto con los demás lobos del Consejo.

–Pero… Hathi –musitó Papá Lobo.

–Ningún “pero”, confía en que mis hijos y yo traeremos a esos jóvenes lobos a salvo antes de que el Chacal de la Laguna vuelva a aparecer. Hathi barritó estruendosamente para alertar a su manada y apresuró su paso hacia las Moradas Frías, lugar en el que se encontraban los suyos. Rann y Ko lo siguieron muy de cerca.

A punto de llegar a las Moradas Frías, los encontró Chil, que volaba muy agitado, con las alas despeinadas y un poco chamuscadas.

–¡Los humanos perdieron a uno de ellos por el Dewanee! –gritó el milano. Prosiguió su informe– Hermano Gris y Oonai lograron ponerse a salvo por poco, pero para poder obtener la flor y detener esta locura necesitan ayuda–.

Después de que Mao y Mor reunieron a todos los habitantes de Seeonee, Papá Lobo les contó sobre la solución que se le había ocurrido.

–El Sol evapora el agua, lo he visto en los días posteriores a la época del Nuevo Lenguaje, días muy soleados donde la humedad de las hojas se evapora y se convierte en agua. También, Ikki y Sahí han encontrado agua cuando rascan muy profundo en la tierra construyendo sus madrigueras.

–¡Eso es correcto! –contestó Ikki– Una vez inundé toda la galería construyendo una nueva alacena –comentó rascándose la cabeza Ikki y riendo torpemente. Sahí lo volteó a ver con cara de pocos amigos.

–Por cierto –dijo Oo, la tortuga, con voz parsimoniosa y triste –no sé si sea el mejor momento para mencionarlo, pero, ya he probado varios remedios con distintas plantas y aún no logro conseguir una cura al Dewanee.

–Estoy seguro que lo lograrás, Oo, confiamos en tu sabiduría y experiencia –la confortó Papá Lobo– ¡Ojos y oídos bien abiertos! Trabajando juntos, podremos proveer agua pura a los enfermos y a los más débiles –concluyó.

Todos los animales reunidos aprobaron la idea de Papá Lobo y pusieron patas a la obra y empezaron a conseguir la mayor cantidad de agua limpia posible.

Por su parte, Papá Lobo e Ikki fueron a los sembradíos abandonados a buscar un elefante que les ayudara a hacer surcos en la tierra. Al llegar al lugar, se encontraron con Kala-Nag, un elefante que alguna vez habitó con los hombres, pero esa es historia para otra ocasión.

Mientras tanto en Khanhiwara, Hermano Gris buscaba desesperado a Oonai, hasta que lo encontró atorado entre unos arbustos.

–¿Estás bien? –preguntó el hermano de Mowgli– ¡Por un momento creí que te habían quemado los hombres!

–Estoy bien, aunque… creo que caí mal y me lastimé una pata –contestó Oonai, adolorido y agitado.

–Déjame revisar tu pata… –pidió Hermano Gris.

–¡No hay tiempo que perder, estaré bien, vamos a recuperar la flor! –dijo Oonai, decidido.

Los lobos avanzaron hacia la aldea una vez más y lograron esconderse entre unas bodegas que quedaron quemadas después del alboroto. Vieron cómo todos los aldeanos se fueron a esconder a sus casas después de haber perdido a uno de los suyos y fue en ese momento que aprovecharon para acercarse a la casa del hombre que escondía la flor. Esperaron pacientemente a que hubiera un poco más de calma, acechando entre las sombras para no ser vistos. Cuando sólo se oía el ulular del viento y el canto de los grillos, los maltrechos lobos se aproximaron a una ventana abierta y Hermano Gris entró de un salto a la casa. Oonai lo esperó afuera. El hombre dormía abrazando su preciada flor…

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