PARTE 4: MANADA DE LOBATOS

PARTE 4: LA AVENTURA CONTINÚA.

En el capítulo anterior: Una mujer, la más sabia de entre la multitud, exclamó con voz de angustia: – Si fuiste al páramo y regresaste con una flor que no está marchita, entonces no es un regalo ¡Es una maldición!

El hombre pensó que la mujer estaba loca. A él solo le importaba ser el hombre más rico de Khanhiwara, así que decidió ignorarla y no creer en sus palabras. Mucho menos se imaginaba lo que en ese momento estaba ocurriendo en la selva…

Oonai y Hermano Gris corrían a toda velocidad rumbo a la aldea del hombre, Ko decidió regresar a su nido, fueron demasiadas emociones para él. Los lobos de pronto vieron una sombra; alguien planeaba encima de ellos y poco a poco bajaba. Al no reconocer la sombra y temiendo ser contagiados, se ocultaron detrás de unas rocas. Entonces reconocieron una voz… y luego otra.

–¡Somos nosotros! –gritó Chil, el milano.

–Tú y yo somos de la misma sangre –­se anunció Rann, su primo.

Al escuchar las palabras mágicas, Hermano Gris y Oonai salieron de su escondite.

–¡Qué bueno que vinieron! –exclamó Hermano Gris.

–Sí, cuéntenos, ¿cómo está la selva? ¿visitaron los cubiles? –preguntó Oonai.

A lo cual, Rann contestó: ­–Mi primo Chil me contó lo que estaba pasando y decidí apoyarlo, hijos del Pueblo Libre, no sé cómo decirles esto, pero ¡Seeonee está irreconocible!, la mayoría de los animales no entienden qué es lo que sucede; de un momento a otro, algunos se sienten fatigados o sin ganas de hacer nada; otros, simplemente se revelan contra la ley de la selva y los demás animales–.

–Creo que lo mejor es que regreses a tu cubil, Hermano Gris, es muy importante que te mantengas a salvo y resguardado junto con Raksha, papá lobo y tus demás hermanos, y tú también Oonai, escuché que tu familia estaba buscándote, pero ya les dije qué estabas haciendo –les dijo Chil. muy preocupado.

–Sí, muchos animales se están resguardando, y los que han permanecido resguardados en sus cubiles, madrigueras, nidos y guaridas, no están actuando raro. –mencionó Rann –al parecer, en sus hogares están a salvo–.

Hermano Gris escuchaba atento y con rostro pensativo –¡Tengo una idea! –exclamó mientras Oonai y yo vamos a la Aldea del hombre, ustedes dos regresen al Seeonee y corran la voz entre los animales de que no salgan de sus cubiles, y que los que se sientan extraños vayan a la Peña de La Paz, seguramente Hathi sabrá qué hacer y les dirá qué se puede hacer en estas situaciones. Busquen en los alrededores a Oo, la tortuga, ella conoce de hierbas medicinales y tal vez pueda preparar un remedio.

Dicho esto, los lobos se dirigieron a Khanhiwara y los milanos al Seeonee. Una vez que Chil y Rann llegaron, comenzaron a gritar –¡Por favor, todos vuelvan a sus hogares! ¡Es necesario mantenerse a salvo! ¡Nadie salga! ¡Eviten cualquier tipo de contacto y manténganse muy limpios! –

De pronto, apareció Sahí, el puercoespín, angustiado y corriendo por todos lados, desorientado. Chil y Rann se acercaron a él.

–Sahí ¿recuerdas cómo llegar a la Peña de la Paz? –le preguntó Rann. Sahí estaba desconcertado y no respondió.

–¡Sahí, necesitamos que vayas con Hathi! pero ya no te acerques a ningún animal. El gran elefante sabrá qué hacer y te ayudará –trató de tranquilizarlo Chil. El puercoespín entendió un poco de lo que decían las aves, y tambaleándose se dirigió a la Peña de la Paz.

–Oye Chil, si todos van a resguardarse en sus hogares ¿qué comerán? –dijo Rann contrariado –No pueden cazarse los unos a los otros, tenemos que buscar una alternativa, porque no sabemos qué alimentos están infectados del Dewanee y cuáles no– concluyó Rann. Chil se rascó la cabeza.

–No creo que sea problema, Rann –reparó Chil –¡Hay una inmensa variedad de frutos y raíces que te aseguro, no se encuentran infectadas! Sólo qué… habrá que recolectarlas y llevarlas a todos los lugares donde se encuentren los animales a salvo. Debemos reunir a todos aquellos que puedan ayudar a buscar y repartir alimento. ¡Vamos Rann! –.

Mientras tanto, del otro lado de la selva, Oonai y Hermano Gris estaban llegando a Khanhiwara. Se escuchaba mucho bullicio, los humanos se veían alterados.

–¿Ya viste la Flor Roja que se mueve por toda la aldea, Hermano Gris? Algo raro está ocurriendo ahí también, esto no me huele nada bien –dijo Oonai asustado.

–Tranquilo Oonai, no estás solo, yo no te voy a abandonar –Hermano Gris le dio un abrazo a Oonai y ambos continuaron su recorrido.

Al llegar al centro de la aldea, escondiéndose entre los arbustos y las chozas, notaron que los aldeanos se veían molestos y asustados, señalaban con el dedo a un hombre que se escondía detrás de una reja dentro de una casa.

–¡Tienes que devolverla! –gritó un anciano.

–Estás trayendo la maldición para todos nosotros –sentenció una señora desde la ventana de su casa. Los humanos comenzaron a agarrar antorchas para intentar quemar la casa del hombre. Hermano Gris y Oonai se movieron de prisa, pero muy sigilosamente hacia donde estaba ocurriendo todo, se detuvieron unos metros antes de la choza del hombre y saltaron al techo para ver si lograban ver algo.

–Ahí está, en el fondo de la choza, Hermano Gris –Oonai se refería a la flor que había sido robada del Páramo de Tha.

–Voy por ella –dijo Hermano Gris, acercándose a la orilla. En ese instante, un hombre alzó su antorcha, los vislumbró y gritó:

–¿Esto es lo que querías? ¿Demostrar que eras valiente? Ya comenzó a llegar la maldición, esos lobos vienen a comernos a todos en la aldea y no dudo que pronto llegará toda su manada para acabar con todos los hombres, mujeres y niños de aquí –empuñó la antorcha y prendió fuego al techo de paja en el que los lobos se encontraban parados. El hombre río a carcajadas y se escondió en la penumbra de la casa.

–¡Ilusos! ¿Creen que con sus amenazas voy a renunciar a este maravilloso tesoro?

 Era un hecho, el Dewanee había llegado también a la aldea del hombre.

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