PARTE 3: MANADA DE LOBATOS

PARTE 3: LA AVENTURA CONTINÚA.

En el capítulo anterior: Mientras el hombre tomaba un descanso y pensaba en cómo podría sacar la mayor ventaja de su flor, todos los animales que habitaban el páramo, comenzaron a experimentar los efectos del Dewanee, y a llevar la infección al resto de la selva, donde algunos se contagiaron, entre ellos Sahí, el puercoespín, quien lo esparció entre otros habitantes de Seeonee.

Hermano Gris llegó al Seeonee, el lugar donde habita el Pueblo Libre –si no sabes quién es el Pueblo Libre, basta que recuerdes el lugar donde creció Mowgli–. Llegó al cubil de su familia y se encontró con Raksha, su madre, quien estaba muy consternada, algo no iba bien, ella estaba diferente. Al entrar, en la cueva, Hermano Gris se echó en el piso sin decir nada, mientras su papá contemplaba asustado a mamá loba.

–¿Qué te ocurre, querida?, ¿qué es lo que pasó?–preguntó papá lobo.

–¿Estás bien, madre?–agregó Hermano Gris.

–No lo sé hijo –contestó Raksha– lo único que recuerdo fue haber bebido del Waingunga y recibir un beso de uno de tus hermanos. Aunque ahora que hago memoria, me acuerdo que todos los animales que se encontraban por ahí comenzaron a exaltarse y atacarse entre ellos.

Hermano Gris, preocupado, se despidió rápidamente –¡Tengo una idea, regresaré pronto! –y salió corriendo del cubil de su familia, emprendiendo una rápida carrera por la vereda. Algo se le había ocurrido.

En el Pueblo Libre había alguien que sabía todo lo que ocurría con los habitantes de Seeonee, era Oonai, un lobo al que le encantaba escuchar y hablar con todos los que en la selva habitaban; si alguien podría saber lo que ocurría, era él. Además, Oonai y Hermano Gris eran muy buenos amigos: disfrutaban de cazar y aprender cosas nuevas juntos.

La noticia de que el Dewanee estaba contagiando a gran cantidad de animales en la selva no tardó en llegar a oídos de Oonai. Hermano Gris lo encontró, charlando con otros animales como era su costumbre.

–Oonai, necesito saber auna cosa ¿Sabes algo de lo que está ocurriendo en la selva? –preguntó Hermano Gris agitado. Los demás animales se irritaron por la interrupción, entre ellos se encontraba Ko el cuervo. Éste estaba a punto de reclamar cuando fueron interrumpidos de nuevo por alguien más.

–¡Pronto! Necesitamos su ayuda… ha llegado… ¡ha llegado el Dewanee! –gritó Chil, el milano, descendiendo desde cielo de manera vertiginosa–, vengan a ver.

Guiados por el ave, fueron al lugar donde ocurrió todo y se econtraron a decenas de animales corriendo en todas direcciones, confundidos y asustados, tenían síntomas de fiebre y cansancio extremo. Hermano Gris y Oonai se escondieron detrás de unos arbustos, Chil y Ko se posaron en una rama baja cercana a ellos.

–¿Qué sucedió, Chil?–preguntó Oonai.

–No lo sé, yo venía de cazar, cerca de los territorios del Pueblo Diminuto, y me encontré con un montón de animales que empezaron a llegar a beber al Waingunga. Algunos de ellos actuaban muy extraño, desesperados y agitados, empujándose unos a otros y noté que, cuando se acercaban a los animales que estaban tranquilos y los lamían, al poco tiempo también adoptaban el mismo comportamiento errático. Es muy extraño lo que está ocurriendo –concluyó Chil.

–¿De dónde venían? –preguntó Hermano Gris bastante preocupado.

–Del páramo de Tha –les informó Chil. Ko escuchaba atento y con los ojos y la boca muy abiertos. Chil se despidió y continuó su recorrdio pues tenía que avisar a los suyos y a los que se encontrara en el camino de lo sucedido. Oonai y Hermano Gris le agradecieron por la información y corrieron a toda velocidad rumbo al páramo, cuidándose de no ser vistos por los animales afectados por el Dewanee. Ko, que quería saber qué había pasado, los siguió.

Al llegar al lugar, se detuvieron en seco. todo estaba gris, sin vida y sin colores.

–¿Qué pasó aquí? ¿Quién pudo haber hecho esto? –preguntó Hermano Gris.

–El páramo es uno de los lugares más bellos y mágicos de la selva, sólo  algo muy grande y poderoso podría destruirlo –respondió Oonai.

–Espero que no nos lo encontremos –remató Ko. Los lobos se voltearon a ver uno al otro, con el ceño fruncido.

Comenzaron a explorar el lugar, olfateando por todos lados, tratando de encontrar una explicación. Mientras hacían esto, Oonai recordó la historia del Páramo de Tha y se percató de que faltaba algo especial.

–¡La flor! –exclamó el lobo en voz alta–¿Recuerdas que te había contado de este lugar y de esa flor y de lo que ocurriría si era removida de su lugar, Hermano Gris?

–¡Es verdad, no está! ¡Alguien se la llevó y por eso despertó el Dewanee! –exclamó preocupado Hermano Gris. Ko soltó un graznido de espanto.

–Tenemos que localizarla y devolverla a su lugar para que todo regrese a la normalidad y antes de que las cosas empeoren –dijo Oonai, realmente consternado.

–Pero, ¿cómo? ninguno de los animales que vimos parecía tener la flor –observó Hermano Gris y comenzó a olfatear deseperadamente los alrededores para encontrar alguna pista. Oonai lo siguió y aunque no era tan bueno para rastrear como el hermano de Mowgli, hizo su mejor esfuerzo. Ko serpenteaba en el aire, tratando de encontrar algo extraño o fuera de lugar. Hermano Gris buscó en las cercanías de donde se encontraba la flor y detectó un olor y unas huellas poco comunes en la zona: huellas de humano.

–¡Oonai, ven a ver esto! –gritó Hermano Gris. Él lobo recitador y el cuervo se acercaron, llenos de curiosidad.

–Si no está dentro de la selva, sólo puede estar en un lugar… –dijo Oonai.

–Khanhiwara –contestó el hermano de Mowgli y Ko se limitó a dar un graznido apagado.

–Así es, hay que ir al pueblo del hombre –concluyó Oonai.

Mientras esto sucedía, el hombre llegó a su pueblo, alardeando de que había encontrado el tesoro más valioso del mundo.

–¡Es mío, este tesoro es mío! –exclamaba, presumiendo su supuesta valentía y su poder. Pasaba frente a las chozas de los viejos que le habían contado la historia y les decía:

–Así que, ¿nadie se ha atrevido nunca a poner un pie en el páramo, eh? –y reía escandalósamente–, pues mírenme ahora, el hombre más valiente de esta aldea… No, no solo de la aldea, ¡el hombre más valiente del mundo entero! Logré entrar y salir intacto de aquel precioso y enigmático lugar.

La gente salió de sus chozas y empezó a rodear al hombre, exclamando: “¡Vaya que es valiente! ¿Cómo fué que lo hizo? ¿Habrá encontrado  al tigre, o al gran Tha?” Un viejo de la multitud lo señaló diciendo:

–¡Es imposible! Nadie regresa vivo de ahí… ¿qué es eso que traes entre las manos? –dijo señalando la flor. A lo cual el hombre contestó:

–Ah, ¿esto?, es la flor que me hará el hombre más rico de la aldea, es la prueba de que soy el mejor de todos –y la mostró a  todos, regocijándose y riendo maliciosamente. Una mujer, la más sabia de entre la multitud, exclamó con voz de angustia:

–Si fuiste al páramo y regresaste con una flor que no está marchita, entonces no es un regalo ¡Es una maldición! –sentenció.

Regresa a la página principal